La comida es cada vez más cara
El costo de alimentos ya afecta a las personas de bajos ingresos y a los bancos de comida
Por Andrea Ball
¡ahora sí!
Los vales de comida ya no le duran
mucho a María Ornales.
Seis meses atrás, la asignación
mensual del programa federal de
alimentos cubría las necesidades
alimenticias de esta madre del sur de
Austin y de sus cuatro hijos durante todo
el mes. Ahora, apenas le duran para tres
semanas.
“Siento que se gastan más rápido y que
tengo que comprar más cosas por mi cuenta”,
dice Ornales, de 25 años.
En todo el país, las familias de bajos ingresos
están luchando con el aumento en
los precios de los alimentos. El año pasado,
la escalada en los precios de la gasolina,
junto con el encarecimiento del maíz y
otros productos agrícolas, aumentaron
los costos de transporte y embalaje de alimentos.
Como resultado, los precios de la
comida subieron 5.8% en las principales
ciudades del país, según cifras de la Oficina
de Estadísticas Laborales de Estados
Unidos.
En enero de 2007, un galón de leche descremada
costaba $3.17 en H-E-B. Un año
más tarde, el precio saltó a $4.29.
El encarecimiento de la comida en los
supermercados está obligando a las familias
a tomar decisiones difíciles. Algunas
han cambiado el tipo de alimentos que
compran; otras han reducido la cantidad.
Muchas personas están recurriendo a las
despensas de comida locales que regalan
alimentos, lo que ha obligado a estas entidades
sin fines de lucro a surtir sus bodegas
con mayor frecuencia.
En Capital Area Food Bank de Texas
(Banco de Comida del Área Metropolitana
de Texas), el principal proveedor de
alimentos de las despensas de comida de
Austin, están preocupados.
Aunque 82% de los alimentos del banco
son donaciones, la agencia también compra
millones de libras de comida al año. Ahora
esa comida se ha encarecido, al igual que
la gasolina que la agencia necesita para
transportarla. aEl año pasado, el banco
de alimentos gastó $88,171 en gasolina,
es decir, $10,477 más que en 2006. El gasto
extra en gasolina significa 13,000 canastas
de alimentos menos que el banco podría
haber financiado.
Mientras tanto, las asignaciones de vales
de comida no están aumentando al mismo
ritmo que los precios, explica Celia Hagert
del Centro de Prioridades de Políticas Públicas,
una organización sin fines de lucro
de expertos que se centra en las políticas
públicas que atañen a las personas de
bajos ingresos de Texas.
El programa federal de vales de
comida ayuda a las personas de
bajos ingresos a comprar alimentos.
Es administrado por
el Departamento de Agricultura
de Estados Unidos y asigna
cada mes de octubre una cantidad
fija mensual de dinero para
un grupo familiar. El monto se
mantiene fijo durante todo el
año, sin importar la fluctuación
de precios de los alimentos.
“Los vales de comida se re-
ajustan por inflación una vez al año”, explica
Hagert.
Ornales es ama de casa y madre soltera.
Para aumentar sus ingresos, trabaja
limpiando casas. Para lograr cubrir sus
necesidades con los vales de comida, está
comprando marcas genéricas de comida
para sus hijos, que tienen entre 1 y 7
años. Ornales dice que no ha recurrido a
las despensas de alimentos, pero que otras
personas lo están haciendo.
Entre septiembre de 2007 y enero de
2008, Cáritas —una organización sin fines
de lucro que ayuda a personas sin techo
y de bajos ingresos en Austin— ha distribuido
2,139 cupones para su despensa de
alimentos, lo que representa un aumento
de 38% con respecto del mismo periodo del
año anterior.
“Estamos distribuyendo alimentos tan
rápido como podemos”, dice Beth Atherton,
directora ejecutiva de Cáritas.
En El Buen Samaritano, que ayuda a
trabajadores latinos de escasos recursos,
13,277 personas recurrieron a la despensa
de alimentos en 2007, un incremento de
6.4% con respecto de 2006.
Mientras tanto, el número de clientes
de la despensa de alimentos de la iglesia
católica San Ignacio Mártir se ha incrementado
en 5.6% en los últimos dos meses.
Ahora la iglesia entrega alimentos a 950
familias al mes, comparado con las 900
de antes, según el director de la despensa
alimenticia Tony Ross. “Ahora sí que la
gente está sufriendo”, enfatiza.
El personal del banco de alimentos está
preocupado de que las donaciones disminuyan
cuando la población empiece a sentir
la recesión económica.
“Obviamente, si los costos de los
alimentos suben, las donaciones
disminuyen”, asegura Kerry Qunell,
portavoz del Capital Area
Food Bank. “Es un efecto dominó”.
Las despensas locales de alimentos están
tratando de satisfacer la creciente demanda
solicitando más donaciones. Entre octubre
de 2007 y enero pasado, Cáritas realizó 190
campañas para recaudar alimentos, lo que
indica un aumento del 98% con respecto a
igual periodo del año anterior. El esfuerzo
ha dado sus frutos. En esos cuatro meses,
Cáritas juntó 57,919 libras de comida, un
aumento de 78% anual.
Las personas que no han recurrido a las
despensas de alimentos han buscado otras
formas de enfrentar la situación.
Lupe Hernández, que tiene 85 años y
vive con un ingreso fijo, dice que a menudo
tiene que renunciar a comprar uvas y
naranjas en favor de lo que esté en oferta.
Ahora come más frijoles y queso en vez de
carne o costillas.
“Ha sido de a poco, pero los precios están
subiendo terriblemente”, dice Bart Tuthill,
quien compra los alimentos de la señora
Hernández porque participa como voluntario
de Meals on Wheels (una organización
que distribuye alimentos a personas de la
tercera edad).
Clara Tennyson, de 76 años y jubilada
del sur de Austin, dice que ha empezando
a reducir otros gastos para no tener que
dejar de comprar ciertos alimentos.
“Por mi estado de salud no puedo dejar
de comprar comida”, explica. “Necesito
zapatos y ropa, pero no tengo cómo, así
es que ya no los compro”, dice.
Traducido del Austin American-Statesman. Andrea
Ball escribe una columna semanal de filontropía.